logo-web-final-5Ayer fui feliz. Creo que todos los que fuimos al voluntariado fuimos felices. Perdón por la cursilería, pero pasamos unos momentos muy emotivos y alegres. ¿El motivo?  No hicimos nada de extraordinario. Dimos un paseo a unos hombres » imperfectos».
Uno era ciego y andaba a duras penas sujeto por Lucía, su cuidadora,  y Marina que a pesar de su aparente fragilidad tiene mucha fuerza de voluntad. Me parece que se llamaba Antonio  y estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Según su cuidadora le encanta pasear con chicas. Estaba tan feliz que repartía besos y abrazos a todos. Tenía la bendita inocencia de un niño de 3 años. Te transmitía una gran ternura. !Qué majo! Javier acompañaba a un hombre sordomudo y autista (perdón pero no me acuerdo de su nombre), que tiene la costumbre de no contenerse las ganas de orinar y hacerlo donde le peta. Ayer estaba también muy sonriente y eso que casi siempre está serio. Marta iba con otro autista  que también hoy estaba muy feliz y que iba a toda velocidad en el estupendo paseo por la verde Casa de Campo. Ángela estaba en la cola del pelotón con Juan Antonio un hombre que caminaba muy despacio, también autista, pero más salado que las pesetas. Según Laura, la cuidadora, se sabe infinidad de canciones y  Ángela le puso a prueba y te respondía todos los estribillos de canciones de los payasos de la tele , regionales, de niños, de Perales, Manolo Escobar …etc. De vez en cuando nos arengaba con vivas a España y a Franco. Nos hizo el paseo muy ameno. Yo tuve que llevar en silla de ruedas a un hombre que tiene una enfermedad degenerativa en la cabeza y el pobre se entera de muy poco aunque le hables con cariño y la cojas de la mano.
Por último Laura nos invitó a ayudarles de merendar cosa que hicimos con mucho gusto. En la sala Azul, que es la que les corresponde, están el resto de los muchachos. Ahí estaba Chulito, un chico bajito con síndrome de Down y al que le encanta chocar la mano derecha con tu mano. También había un hombre que me llamó la atención pues le encantaba estar en el suelo tumbado con unas posturas rarísimas. Le cogí la mano y le hablé mirándole los ojos. No sé si me entendía algo pero me cogía la mano con fuerza. Me impresionó. Ese hombre tendría mi edad  y estaba en otro mundo. Podría ser yo.
Cuando terminamos de dar las meriendas nos despedimos. Habíamos hecho compañía a unos hombres especiales. Y nosotros estábamos más felices que ellos.
Gracias a ellos nos hemos sentido más humanos, más plenos, más alegres, más optimistas, más útiles,  mejores personas y mejores cristianos.
 Gracias, muchas gracias habitantes del pabellón Azul.

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